¿Qué año es? - Cuento.

    El sol quemaba tanto pero tanto que la tierra que corría gracias a la ventisca, una que cubría todo el largo camino y las extensas millas de campo, se volvía tortuosa al momento del contacto con la piel. Sobre todo para un extraño hombre que vestía como vicario eclesiástico pero culpa del porte que llevaba, mayormente marcado por suciedad de un largo camino hecho al andar, reflejaba que se trataba de un ex vicario. Uno que después de vaya uno a saber cuánto tiempo logró reencontrarse con un mínimo rastro de civilización. O al menos eso cree, ya que ahí, justito después del horizonte, es que parece hacerse presente algún tipo de construcción edilicia. Sin embargo sus expectativas sé mantuvieron inertes. Aunque no sabemos si alguna vez este extraño tipo tuvo algún tipo de gesticulación a lo largo de su vida. Ni siquiera en el vientre materno, ni siquiera como reacción natural y de supervivencia a la hora de su nacimiento. Todo indica que mantuvo el mismo gesto durante todo el transcurso de su existencia. Fuere lo que fuere, siguió caminando al mismo paso lento de siempre. En ningún momento aceleró o dejó llevarse por las ganas de estar aunque sea por diez minutos a la sombra. Para él las cosas debían de hacerse así, con calma y manteniendo un temple casi que aterrador. Y así y durante una media hora siguió caminando sin poder encontrarse con nada. Hasta que vio una casa de barro tan corroída por el paso del tiempo que le pareció un acto poco inteligente el adentrarse en ella ya que todo indicaba un potencial derrumbe en escasos minutos. Frenó frente a la casa para observar detenidamente y confirmar dicha suposición, y ya que estaba, percatarse de sí había algún rastro de vida. Observó detalladamente y sin moverse de su lugar. Vio las paredes a medio derrumbar, una puerta de madera entreabierta y un techo que dejaba ver más cielo del que cubría. Los pastizales que la rodeaban no generaban mucha confianza ya que como hombre de largo camino bien sabía que calor y pastos altos nunca eran una buena combinación. Menos para ese lugar del mundo. Uno en el que si una bicha te mordía no había vuelta atrás. Volvió su mirada sobre el horizonte y confirmó lo que había pensado con anterioridad: era un pueblo. Ahora mucho más cerca y no tan alejado en el horizonte que separa los mundos. Gracias a la cercanía fue que decidió caminar y no perder más el tiempo en la casa a medio derrumbar.

Lo primero que se encontró en la entrada del pequeño pueblo fue un aljibe algo sucio a su alrededor, más que nada la suciedad se debía al barro que se creaba a sus alrededores culpa del agua derramada por quienes le daban uso. Esto no le importó y metió sus pies en el barro para así buscar un poco de agua. Mojó su cabeza y bebió hasta saciar su necesidad básica, una que extrañamente… no tenía. Lo hizo simplemente por inercia. Una vez que finalizó siguió su camino por el desolado pueblo. No había nadie transitando los lugares comunes. Nadie en el bar, nadie en la comisaría, nadie en ningún lugar. sin embargo bien sabía que estaba habitado, por lo que decidió caminar por la calle principal en búsqueda de vaya uno a saber qué. Quizás era curiosidad, quizás era algo más. Sea lo que sea, comenzó a notar las miradas de sus habitantes, los cuales parecían no estar presentes pero ahí estaban. Detrás de las puertas, detrás de las ventanas o detrás de las cortinas. Observando desde su intimidad, penetrando con la mirada. Curiosos pero sobre todo… miedosos. Y este extraño hombre bien sabía: sólo hay una cosa peor que el miedo, y es el miedo a lo ajeno. Contraintuitivamente fue que dejó la calle para acercarse a las casas, dónde comenzó a preguntar:
—¿Qué año es? ¿Qué año es?—soltó, y nadie contestó. Por lo que insistió—. ¿Qué año es? ¿Qué año es?—retrucó, insistente.
—1766—resonó, desde una ventana a medio cerrar—. Ahora váyase, búsquese un refugio. Ya viene.
Y el hombre, como si no fuese su primera vez, sonríe y sigue por calles de tierra a medio marcar. Poca importancia le da, ¿qué más da? Tampoco es que tenga un lugar a donde ir. Y así es que poco a poco las calles se vuelven cada vez más angostas y un viento le resopla en la nuca, sintiendo así una extraña sensación. Por lo que decide levantar la cabeza y observar una casa que llamó particularmente su atención ya que esta no tenía cortinas y pudo observar como del otro lado de la ventana de madera había alguien tirado en el suelo, abrazando sus rodillas y queriendo pasar desapercibido. Fue en vano ya que era imposible no verle. Se miraron y el extraño terminó por soltar:
 —¿Qué hace usted aquí? Refugio debe buscar.
—¿Un refugio como en el que usted vive?—soltó, queriendo remarcarle que de segura su casa tenía poco—. Además, me gustaría saber porque la gente se empecina tanto en advertirme que un techo tengo que encontrar, ¿qué es lo que hay que temer?—respondió el ex vicario.
—La bruja. La bruja que acecha por estos lares. Siempre del bosque algún alma viene a buscar—temblando el extraño la ventana de madera cerró.
Desde fuera, sabiendo que sin dudas su voz podía escuchar, el supuesto vicario sin un poco de temor habló:
—¿Conoce usted la historia del jinete que nunca dejó de cabalgar? De no ser así, déjeme narrarle brevemente. Cuenta la historia que había un jinete que cabalgó durante años. Veintisiete para ser más exactos. Durante este tiempo nunca dejó de ver lo mismo: de millas y millas de campo acompañadas de un horizonte que parecía nunca dejar de alejarse. Hasta que un día, dicen, una casa encontró. En el medio de la nada y sin nadie que la habite. Este entró y ¿sabe usted que pasó?—dijo el ex vicario.
Y así un silencio que pareció durar más de lo esperado se hizo presente hasta detrás de la puerta un susurro se oyó.
—No.
—Pues nadie lo sabe. Algunos dicen que con una fuerza maligna este se topó, otros dicen que nada se encontró y que su paso siguió.
—Usted qué cree?
—¿Que creo? Que si a este jinete cabalgar te encuentras… bueno, la mejor de las suertes.
—¿Qué quiere decir? ¿Por qué me cuenta usted esta historia?
—Porque al igual que el jinete, dudo que la bruja elija a una persona de manera azarosa. Si la bruja a usted lo marcó, esconderse dudo que de algo le sirva, ¿no le parece? Ahora mi camino voy a seguir y recuerde… el tiempo, tiempo es, pero no quiere decir que solo se trate de nada más que el día y la noche. La ambivalencia prevalece en la flor.
Con estas palabras el ex vicario dio media vuelta y volvió a caminar hasta que de un momento al otro el pueblo ya había atravesado. Optó por refugiarse en la entrada del bosque del que al parecer, todos tanto temían. La noche de a poco aparecía, por lo que decidió prender un fuego y así comenzar a atravesar la noche.
El fuego iluminaba su cara y el ex vicario miraba fijo la llama, la admiraba. Y como si fuese lo que en verdad esperaba, escuchó un ruido y algo que se acercaba. Una ráfaga de viento se hizo presente, moviendo así la llama como si fuese una ola que baila al son de la ventisca. Como si estos se combinasen en un mismo elemento. Y así una figura que se hizo respetar se mostró. Era la bruja, quien al oído le susurró:
—¿Estás usted seguro de que desafiarme sea la mejor de las ideas?
Un breve silencio apareció, como si el vicario estuviese pensando cual serían sus palabras.
—Al contrario de lo que usted pueda creer yo estoy aquí para respetarle ya que somos más parecidos de lo pueda imaginar—dijo, y la bruja se acomodó cerca suyo.
—¿A qué se debe dicha creencia?—preguntó, curiosa.
—Todos nos temen. Como forasteros de un tiempo pasado. Pero nadie logra comprender que simplemente seguimos y respetamos el curso natural de las cosas. Y es en parte contradicción, en parte lógica, dígame usted, ¿acaso no se siente identificada con esta llama que nos acompaña?
La bruja miró el fuego y pronunció:
—Puedo observar que tiene usted razón. El fuego es el mayor de los privilegios que se pueden tener, algo natural, puro y bello. Pero a su vez el respeto hacia este no viene ni más ni menos que del temor. Temor a acercarse demasiado pero sobre todo… temor a admitir su verdadera naturaleza.
El ex vicario asiente, levanta la cabeza para compenetrarse por un instante con las estrellas y cuando vuelve la mirada la bruja había desaparecido, la llama se había apagado y finalmente en un profundo sueño cayó. Durmió placenteramente hasta que en el medio de la noche un frío se apoderó de este viejo hombre, incrementado por la lluvia que poco a poco comenzaba a tomar cada vez más fuerza. Por lo que optó por caminar hacia el pueblo buscando algún tipo de refugio o techo. Para la sorpresa de éste en vez de casas se encontró con lápidas, cientos de ellas. No lograba terminar de comprender que sucedía, por lo que se adentró en el laberinto de tumbas. No reconoció a ningún nombre, en parte por desconocimiento y en parte por lo ilegible de varios de los epitafios por culpa del tiempo. Una vez que llegó a la entrada se percató de que el aljibe ya no se encontraba más ahí. Y así retomó el camino por el que vino, en busca de algún tipo de respuesta. “¿Mi cordura empieza a fallar?” se preguntó. Procuró no dar tantas vueltas sobre el asunto hasta no tener algún tipo de certeza. Partió rumbo al horizonte del que había venido hasta que se encontró con la vieja casa que estaba previa al pueblo. Ésta se encontraba exactamente a como cuando se la había cruzado horas atrás. Deteriorada, sí, pero en pie. Frenó de igual manera y vio cómo un viejo hombre trabajaba la tierra, quien apenas se percató de su presencia se lo quedó mirando, hasta que el ex vicario habló.
—¿Aquí no había un pueblo?
El señor lo miró, analizando a este ex vicario:
—Hubo un pueblo, pero tiempo atrás. Hasta que en llamas dicen que este se consumió. Cuenta que que por miedo a salir de casa un vecino una fogata dentro de su hogar encendió. Y bueno, ya sabe… todo en llamas ardió. O eso dicen.
Asombrado, el ex vicario comienza a murmurar:
—¿Qué año es? ¿Qué año es?
—1804, señor vicario.

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