Todo lo que me importa no existe más.
"(...) Pues yo busco el vacío, lo negro y lo desnudo.
Pero son las tinieblas, también, mágicos lienzos
donde viven, a miles, brotando ante mis ojos,
seres desvanecidos de rostros familiares".
-Charles Baudelaire, "Obsesión".
Desde un tiempo hasta esta parte es que me paso dando vueltas sobre diferentes cuestiones que casi, me atrevo a decir, no me dejan dormir e inclusive tienen un dejo de tormento. Pero de manera extraña siento una especie de comfort en dicha incomodidad. Como si una parte de mí desafiase y observase el límite del abismo, curioso ante cual es el límite de lo oscuro/desconocido. Para bien o para mal, esta cuestion de bordear cada vez más el límite no hace más que llevarme a lugares inimaginables para mí. Lugares que me cuesta describir o poner en palabras. No se trata de una epifanía de segunda mano. Mucho menos de una nueva perspectiva en cuanto a mis estigmas corporeos/históricos, aquellos que fueron marcando el pulso del devenir de la propia vida de uno. Se trata de otra cosa. Algo mucho más terrenal, mucho más humano y por ende, mucho más difícil de explicar. Basta con aclarar que desde hace unos días tomé profunda conciencia de que oficialmente estoy viviendo un mundo que ya no me pertenece, que dejó de ser propio. "Todo lo que me importa no existe más" esbozó El Mató en su canción Un Segundo Plan. Y es que en lo que a mi visión respecta, considero que se trata pura y exclusivamente de eso. Un desarraigo ante las cosas que me rodean. Ahora bien, ¿dónde puede haber comfort ante estas ideas? Simple: estoy conectando con lo que ya no está, y por ende, manteniendo en vigencia lo que supo ser. Sí, todo lo que me importa no existe más, pero hay otro mundo que conozco, otra dimensión que es lo único que me pertenece (a veces no tanto), es este mundo abstracto casi espiritual del que formo parte solamente yo. Y no confundir... no se trata de una vanaglorización de la nostalgia que nos lleva a creer estúpidamente que todo tiempo pasado fue mejor. No. Es un impulso para llegar a algún lado. Si todo esto no existe más, mis días futuros deben convertirse en una reinterpretación de lo que ya no está pero mejorada. Mis días futuros deben hacer parte a lo que ya no está. No como homenaje, sino para tratar de ser un poco mejor a la vieja versión de mí. No digo que sea siempre posible, mucho menos ameno y fácil. Más bien es complejo, ¿cómo uno se desarraiga, mata el pasado para luego homenajearlo? Es una muerte y resurrección a la que es difícil de llegar. Es una muerte y resurrección que lleva tiempo, pero que considero, es factible. En la muerte está la redención. Los días futuros pueden ser mejores. Se trata de hacer propio lo ajeno, supongo. Como aquel hombre a la deriva que esperó una eternidad por algo que nunca llegó. Al final del camino todo lo que rodeaba era suyo, menos lo que nunca apareció: aquella extraña figura de la que se enamoró. Al final del día, no podemos tenerlo todo, pero podemos hacer lo posible para tenernos a nosotros mismos, inclusive en la deriva. Podemos hacer esa oscuridad propia, ponerle un rostro familiar. Inclusive podemos sucumbir en el intento, de hecho, es probable que suceda. Pero que más da, ¿qué queda? Si todo lo que me importa no existe más.
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