De quimeras, ciudades dolientes y eternos recuerdos de lo que nunca más será.
La sangre cubrió la arena sobre mis dedos,
y la borrasca oscureció toda la tierra conocida.
Un epitafio que se escribe una y otra vez,
anhelando poder descansar al fin.
Entre los arbustos de espinas descansa aquello,
lo que fue arrebatado para nunca más volver.
Vagando por un desierto de desdén,
te vi desaparecer en la polvareda, a lo lejos.
Nunca supe si fue una quimera,
o una triste realidad, sin embargo...
Estabas lejos de mí, así que fue justo en ese instante que lo supe;
en el horizonte se asomaba, estaba cada vez más cerca.
Era la condena de andar por la renegada carretera de tu tierno recuerdo.
El ardiente sol calcinó hasta las cejas de un sueño añoso,
dejando nada más que un triste y viejo anhelo.
Fue tu mirada la que se terminaría llevando hasta mis huesos,
y los enterraría bien a lo lejos, en un lugar lóbrego y prohibido.
Bajo el ocre del olvido,
junto a las arenas del tiempo,
junto a la entrada de un lugar oscuro,
dónde desde tiempos inmemoriales yace un escrito,
"Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se ingresa en el dolor eterno".

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