lo importante, siempre es... no apartar la mirada
Sin querer caer en una perogrullada,
pero inevitablemente sucumbiendo ante ella; la vista, desde tiempos
inmemoriales, es probablemente el sentido más sacro que tenemos como especie.
Millones y millones de años de evolución perfeccionaron a los ojos para ser lo
que hoy son. Un órgano tan pero tan perfecto que doscientos años pasaron desde
que apareció la primera fotografía y a día de hoy ninguna cámara ha sido capaz
de igualar -obviemos, desde ya, cuestiones astronómicas-. Pero el poder de la
vista, del ojo, va muchísimo más allá del mero hecho de ser un elemento
evolutivo y de supervivencia -lo cual, desde ya, no es poco-. Con la evolución
también llega algo nuevo: la mirada. El mayor rasgo de humanidad que tenemos.
Qué miro cuando miro, ¿no?
La importancia de la mirada yace, principalmente, en su profunda versatilidad para reflejar cuestiones humanas, véase: puede ser peligro, puede ser amor, puede ser odio, puede ser miedo, puede ser desprecio, puede ser verdad y puede ser mentira. Puede ser todo y puede ser nada. Todos estos pensamientos ven su génesis mientras escuchaba una canción de Phoebe Bridgers, quien esboza algo muy interesante: "La encontré sangrando sobre el fregadero, y cuando pedías perdón... me estabas mirando a mí". En unas cortas y simples líneas, Phoebe Lucille Bridgers concentra absolutamente todo en una mirada, en un gesto. Desglosemos: Still Standing narra cómo su padre, quien ejerció violencia física sobre su madre, mira fijo a Phoebs mientras pide perdón. En pocas palabras Bridgers nos está contando uno de sus traumas primigenios. Nos está contando lo difícil de crecer en un entorno hostil, pero hay algo mucho más sustancial: Phoebe no lo reduce a un golpeador sin más. Porque sí, fue alcohólico, violento y todo lo que las paredes de su casa sabrán. Pero… es su padre. En la mirada y en el perdón que esboza es que refleja toda su contradicción. Probablemente se trate de un perdón honesto, sí. Pero a su vez deja de lado a la figura de la que en ese entonces era su esposa. En esa mirada y en ese perdón que se narra existen varias funciones y niveles de significado. Podría decirse que es también y de alguna manera la propia Bridgers perdonando a su padre a pesar de todo el dolor causado. Porque de eso se trata el duelo un poco, en mirar a un otro ahora ausente para poder mirarse a uno con un nuevo prisma. ¿Está bien? ¿Está mal? ¿Alguien podría de juzgar? La canción es una hermosa narración sobre el perdón y como éste opera de maneras extrañas, pero ahí yace absolutamente todo. En como para sanar uno debe de ahondar en aguas complejas despojadas de moralinas baratas. Todo con una mirada en donde se concentra el mundo entero. Y eso, básicamente, es parte de la historia de la humanidad y por decantación, del arte -o viceversa-.
Acteón fue un excelente cazador entrenado por Quirón
-maestro de Aquiles, para variar- que un día se encontró con Artemisa, diosa de
la caza, bañándose desnuda en el bosque. Cabe destacar que ésta estaba
entregada a la castidad. Acteón tomó la decisión de quedársela observando.
Artemisa se entera, lo transforma en un ciervo y sus perros de caza comen a su
propio dueño. Esto, desde ya, a grandes rasgos. Como toda narración griega,
está llenísima de capas diferentes en las que no voy a ahondar para no desviarme
del tema en cuestión. Acteón, arbitrariamente se quedó mirando a Artemisa. Sí,
era de una belleza inigualable, no obstante... miro lo que no debía de mirar.
Aquí, la mirada, cumple una función clarísima: no se debe de tener acceso a
algunas cuestiones por la condición de ser humano. Representa una transgresión
querer acceder al mundo divino-celestial. ¿Y cómo se accedió a él? Mirando. Así
de poderosa es la mirada. No obstante, en la mitología griega la mirada tiene
diferentes cargas: Medusa con su mirada petrificante y como Perseo la mata sin
mirarla -pero usa un reflejo-. Tiresias, el ciego que puede ver el futuro de,
entre otros, Edipo. Es decir, mirar no se trata solo de un rasgo fisiológico,
sino que va mucho más allá de la comprensión coloquial que existe de la mirada.
Edipo mismo, que se arranca los ojos cuando descubre la verdad. Irónicamente,
cuando veía no veía y cuando no ve... es porque está viendo. Y a su vez pone
algo sobre la mesa: el precio de mirar a los ojos a la verdad, el costo de
cargar con ella por haber visto. Y lo interesante de todo es que no queda en
Grecia. En Egipto están, por ejemplo, el Ojo de Ra o el Ojo de Horus que
representan cosas diferentes, pero ya se trata de fuerzas que actúan y operan
de manera directa. Destruyen, sanan o protegen. En el hinduismo está el tercer
ojo de Shiva, uno que representa, en parte, algo que ve más allá del mundo
tangible y trasciende al mundo de lo espiritual. Un ojo que, de ser abierto,
saldrá de él un fuego cósmico destructor del mal. Todo este bagaje no es más
que una mera representación de la humanidad. Es lo intangible que yace dentro
nuestro manifestándose. Alguien que entendió muy pero muy bien todo esto es
James Cameron, en Avatar. Allí el autor decide crear un mundo en el que
sus protagonistas, los Na’Vi, cada vez que se saludan esbozan “Oel Ngati
Kameie”. Esto significa literalmente “Te veo”. Y no es casualidad
que quienes lo digan son seres de una profundidad espiritual remarcable. Ver a
un otro, en primera instancia, es respetarlo. Pero en una segunda instancia, es
mirar dentro suyo. Te veo, hermano. Vos y yo somos lo mismo. Compartimos lo
mismo por más intangible que sea. ¿Por qué? Porque venimos del mismo lado y
vamos al mismo lugar. Ver al otro es reconocerlo. Y porque si no te veo…
significa que algo no está bien.
Corre el año 1984 y Billy Idol decide sacar una de las
mejores canciones no solo de la década, sino que del siglo. Estoy hablando,
claro está, de Eyes Without a Face, la cual puede traducirse de manera
literal como "Ojos sin rostro". La narración es una
declaración de desamor al más puro y estilo dantesco en tanto y en cuanto todo
lo que va planteando es de un horror emocional superlativo. Y es que, ¿qué peor
que dejar de reconocer al ser amado? Por una maldad que aflora, por nuestras
falencias que se manifiestan.
Billy Idol nos narra desde una intimidad apabullante y elije a los ojos como el
medio para materializar todo esto. Nos habla de ojos sin rostro, es decir, los
ojos siguen ahí y lo irreconocible es lo demás. ¿Qué significa esto? Que, si
cambia la mirada, cambia todo lo demás. Ahora mira a los ojos y no reconoce lo
que hay detrás. "Ahora cierro mis ojos y me pregunto por qué. No
lo desprecio. Ahora todo lo que puedo hacer es amar aquello que una vez fue tan
vivo y nuevo. Pero ha desaparecido de tus ojos". Es decir, la forma
más directa de acceder a la espiritualidad de un otro, a lo intangible, es
mediante la mirada. Si la mirada cambia, todo cambió. Ver a alguien no equivale
a comprenderlo. Para bien o para mal... ya no se es igual. ¿Podría decirse que
en la mirada está la verdad más profunda?
Es imposible vislumbrar la verdad sin mirar. Para ver el
mundo hay que caminar mirando, desde ya. Pero a veces dicha verdad nos excede.
O al menos así nos lo plantea Bob Dylan en la magnificente A Hard Rain's
A-Gonna Fall, del año 1963. Allí se nos cuenta la travesía de recorrer el
mundo. Se enumeran paisajes, personas y situaciones terribles que nuestro
narrador ha contemplado a lo largo del viaje; "Vi una rama negra con
sangre que no deja de gotear" esboza en una de sus líneas más
gráficas. Y es que aquí sucede algo harto relevante: al igual que sucedió con
Edipo... la mirada se convierte en algo revelador, pero con un peso marcado.
Ahora, se trata de una mirada testimonial ya que haber visto el mundo es
también cargar con el peso de lo que éste revela. Ahora y al igual que sucede
con la verdad, se trata de un deber moral. Estamos obligados a mirar a pesar de
conocer sus más oscuros estadios. Y es que la única forma de comprender lo que
sucede -y saber lo que vendrá- es posando la mirada en lo que nos rodea. A
pesar de saber que una fuerte lluvia está por venir y traerá consigo
inevitables catástrofes, podemos estar preparados para combatir o al menos,
resistir. No es que existan muchas más opciones. El mal opera entre las sombras
observando y esperando paciente hacer su aparición estelar en pos de la
destrucción, por ende, la forma de combatirlo es haciendo lo mismo. Y es que
inevitablemente junto a la mirada también aparece la memoria, y junto a la memoria
aparece algo nuevo: la posibilidad de no repetir el pasado sinuoso y
destructivo. ¿El desafío? Comprenderlo. Es imposible combatir sin antes
contemplar las injusticias. Debemos procurar que esa mirada sea el comienzo de
algo nuevo que se está gestando dentro de uno. Pero para eso hay que mirar otro plano. El interior.
Más de una vez hemos escuchado parafrasear la oración del
millón, esa que dice algo así como “Los ojos son la ventana del alma”.
Ahora bien, supongamos por un momento que tenemos total certeza de que dicha
alma existe y ésta se encuentra en algún lado de nuestro ser, de nuestro
cuerpo. Entonces, ¿qué vendría a ser el alma? A grandes rasgos y de acuerdo con
varios significados religiosos y/o etimológicos, podría decirse que es aquello
que nos hace sentir y pensar, lo que de alguna forma nos da vida consciente.
Vamos, llamamos alma a ese algo que no podemos encontrarle aún una respuesta
lógica o del todo clara. Ese conjunto de emociones y sensaciones que sentimos
pero que nunca podemos poner en palabras… o eso solemos creer. La realidad es
que bajo mi perspectiva todo, absolutamente todo lo que alguna vez sentimos,
vivimos o nos acomplejó está plasmado en una obra. En el arte está el mundo
entero y más -sí, lo divino también-. Podemos hablar desde bandas como Sonic
Youth que plasmaron la vorágine incomprensible de la adolescencia e
interpelaron directamente a la eterna angustia y siguen intactos a día de hoy
en generaciones actuales (de más está decir que Sonic Youth es muchísimo más
que esto, tonto sería reducirla a una banda adolescente). O también podemos
hablar de los poemas y escritos totalmente angustiantes y sinceros de Alejandra
Pizarnik. Estos son ejemplos de un claro reflejo de algo. Un algo que está
haciendo toda su fuerza por manifestarse. Y vaya que lo logra. Pero como en
toda obra artística, existe un proceso. Ahora bien, la película alemana del año
2018 dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck, titulada “No apartes la
mirada” (Werk ohne Autor o Never Look Away) tiene algo de ello. Es el
reflejo del alma, pero sobre todo de la búsqueda de la misma.
El largometraje cuenta la historia a lo largo de varias
décadas de un joven pintor. Pasaremos por la Segunda Guerra Mundial hasta la
creación del muro de Berlín. En todo este tiempo lo veremos crecer, conocer
gente, enamorarse y pasar por varias situaciones traumáticas. Pero sobre todo
lo vamos a ver buscar. Buscar su lugar en el mundo del arte y en el mundo. Buscar explicaciones o el sentido a las cosas, el
porqué de todo lo que le rodea. Básicamente un poco lo vamos a ver tratando de
plasmar su historia, esa que no puede poner en palabras. La quintaesencia de su
alma. Y es que Kurt habla poco. Le cuesta expresarse por culpa de aquello que
yace oculto en el intangible mundo de lo no resuelto. Véase; nuestro
protagonista tiene un trauma primigenio. El nazismo se llevó a su tía, a la que
era muy cercano. A su vez, su tía tenía problemas psiquiátricos. Estas dos
cosas marcaron a Kurt de por vida pero contrario a lo que uno esperaría, ya que
de manera interna deberá de comprender que en la locura de su tía existe una
realidad, una que el negó o reprimió hasta que apareció el arte y la pintura de
por medio. Aquí llegará a una verdad absoluta que comprenderá al final: su tía,
en su locura y al igual que Tiresias en su ceguera, lo que estaba haciendo es
mirar de manera diferente. Mirar diferente que Kurt siempre tuvo y por el cual
llegó a un estado de verdad que excede a todos. A sus padres, a su suegro nazi
y a los que le quisieron arrebatar todo. ¿Por qué? Porque se trata de mirar y
de donde se posa la mirada. En los recuerdos -los cuales son visuales y
parten desde la misma- es que se moldea el camino que se hace al andar, pero
sobre todo, es la llave para entrar a un lugar que nadie más puede acceder y
dónde está todo lo importante y etéreo. En la búsqueda guiada por la mirada de
Kurt está el recuerdo de su tía y de una guerra que siguió haciendo estragos
después de finalizada. En su obra -la cuál no puede poner en palabras- está la
verdad absoluta y que no sabía que siquiera existía. Allí se encuentra la
memoria de su pueblo y el dolor que acarrea. Está su historia familiar y el
amor de su vida. Gracias a ese viento que entró por la ventana es que se le
reveló un plano nuevo que siempre estuvo a ahí. Está todo lo que ha visto y
más. Algo que él no sabía que existía pero que decidió mostrar.
No obstante, hay una realidad ineludible: es el artista quien decide que debe
de ser mirado ya que el ojo ve la realidad que se le presenta. Eduardo Sívori
es un gran ejemplo de ello, quien a lo largo de toda su vida pintó una
innumerable cantidad de cuadros -los cuales, recomiendo visitar siempre que se
pueda-. Retratos de personas, paisajes e inclusive desnudos fueron el génesis
del arte argentino moderno del cual Sívori es una parte más que fundamental
-por no decir el todo-. El axioma de "el artista decide que debe de ser
mirado" encaja a la perfección en su obra. Mirémoslo así: si Acteón fue
castigado por mirar lo que no debía de mirar, Sívori rompe ese esquema y lo
subvierte. Nos obliga a mirar lo que no debe de ser mirado y el castigo es nulo
ya que es casi que una obligación. O al menos así lo denota su obra más famosa,
"El despertar de la criada". Una pintura en la que vemos a una
criada, es decir, una persona común, desnuda. A día de hoy parece no
escandalizar, pero veámoslo con el prisma del 1887. En ella no existe la
representación de una figura protegida por la mitología, no es una figura
numen. Mucho menos es una representación alegórica de algo harto complejo. Es
lo que es. Y esto, en su momento de gestación y partida... molestó. Molestó
muchísimo. Ahora bien, uno no puede esbozar más que meras interpretaciones de
las intenciones del artista, pero ineludiblemente existe un nivel que no se le
puede escapar a la interpretación subjetiva que cada uno pueda hacer, y es que
es lo que es porque es lo que generó. Y ahí yace todo. Cuando la obra se le
escapa al artista y se pierde entre los Campos Elíseos hijos del tiempo. Pero esto
no queda allí, dudo muchísimo que la intención de Sívori alguna vez haya sido
la de vagar en la trascendencia, y de lo que estamos hablando aquí es de la
mirada, la cual encuentra una capa mucho más compleja cuando repasamos los
retratos del artista. En ellos se denotan clarísimamente lo que yace detrás. El
ejemplo por antonomasia es su retrato del año 1914, titulado "Primavera".
En dicha pintura queda remarcada con énfasis la razón de ser
de su título. Es la estación que casi unánimemente todos aceptamos como la
relacionada con el amor. El paso previo al verano, el florecimiento de nuestro
entorno y el nuevo comienzo de algo. Y es que, a diferencia de sus demás
retratos, aquí se marca con una notoriedad clarísima que hay algo detrás. La
mirada de Sívori sobre a quién retrata es diferente, como la mirada de quien
está siendo retratada. Recordemos: el ojo ve, la mirada contempla. Hay algo
detrás que está siendo puesto en primer plano. No se trata de un retrato por
encargo, y además, a quien retrata es probablemente a alguien que le tenía
muchísimo afecto -era la hija de sus vecinos-. O de mínima es alguien que en el
momento de estar siendo retratada tenía una relación de cariño para con el
autor. Pero a ese juego de miradas entre autor y retratada -hoy fallecidos ambos,
pero eternizados en las arenas del tiempo- se le agrega una tercera mirada; y
es que todo lo dicho con anterioridad no lo sabemos con certeza y por ende debe
de ser completado con la mirada del espectador.
Desde ya todo esto son meras interpretaciones, ¿pero no se trata de eso? De una mirada que a lo largo de milenios de civilización fue cambiando a través de lo arcaico del tiempo. Sobrepasando borrascas interminables de desidias y evolucionando al punto tal de que el ojo, aquel que era una herramienta evolutiva harto esencial, se convirtió en el summum de nuestra humanidad. Es el reflejo de aquello que consideramos intangible pero que a su vez es la respuesta a todas nuestras preguntas. A través de la retina pasan nuestros amores y nuestros odios. Pasan las cosas que han quedado y las que están por llegar. Lo que hemos sido y lo que alguna vez seremos. Las cosas que hemos perdido en el tiempo y las que jamás recuperaremos. Nuestras pasiones y nuestras mayores aversiones. Toda la historia del mundo pasa a cada instante a través de nuestra retina. En la mirada yace el universo entero y mucho más. Están los mundos por descubrir, los que ya murieron y los que están por nacer. En la mirada estamos creando mundos; para vos, para mí. Para todo aquel que alguna vez sufrió la pérdida o la dicha. Para todo aquel que se atrevió a atravesar muros barrocos e interminables. Para todo aquel que atravesó el infierno de la resurrección y aquí está. Para los que fallaron en el intento. Para los que siguen intentando. Es pertinente remarcar que la mirada no es la verdad per se, sino que es el camino hacia ella. La mirada no nos garantiza la verdad, sí, pero definitivamente es el medio para llegar. Lo importante, siempre es... no apartar la mirada.

Comentarios
Publicar un comentario