Retro: "Licorice Pizza: del mundo más desfasado al romance más genuino".
"Cuando uno se sumerge ante una obra, ya sea de la índole que sea, tiende a moverse hacia la pretensión de abrazarse a algo que se extrapola a su vez a dos cuestiones que podrían considerarse opuestas. Y si hablamos del cine, más aún. Se trata de, por un lado, de aquella búsqueda en la que queremos abrazarnos a algo que nos sumerja en un universo que ayude a distanciarnos un poco de la realidad que nos rodea, algo cada vez más difícil en los tiempos que corren si se tiene en cuenta la gran lluvia de corrección política que trazan gran cantidad de las obras que se estrenan mes a mes. Y en el lado opuesto vemos la otra cuestión, estamos hablando del pararnos frente a una obra con la esperanza de encontrar algo que de antemano estamos buscando, alguna respuesta o alguna pregunta que nos mueva un poco, nos ayude a entender, a ver con otro prisma todo esto a lo que llamamos realidad. Claro está que estamos hablando de extremismos, porque al parecer es cómo funcionan las cosas hoy día. Como si no existiese un balance, como si de antemano los autores debieran cumplir con ciertos cometidos frente a un público que si no se sigue con X mandatos le condenan.
Y ante toda esta vorágine a la que llamamos mundo, aparecen (o se reafirman)
autores como Paul Thomas Anderson, quien se regala y a su vez nos regala obras
como Licorice Pizza.
Y es que si hablábamos de extremos, de opuestos, Licorice Pizza es la
combinación de lo improbable, porque PTA logra un universo en el que conviven
una realidad tierna y nostálgica en la que todo ser humano busca sumergirse por
un rato con el objetivo de recordar lo que alguna vez fue (o ver lo que puede
llegar a ser). Porque en primera instancia y mediante el lenguaje del cine (la
historia del cine) el director logra amalgamar esto con el lenguaje más
universal que existe: el romance, el enamoramiento, el amor.
Y es que gracias a la historia de Alana (Alana Haim) y Gary (Cooper Hoffman)
vamos a chocarnos directamente con distintas realidades que tratarán de entrelazarse
de una forma u otra, porque la manera en la que PTA retrata el amor entre estos
dos es tan genuina que no necesitará de diálogos, es todo puramente visual, es
todo puramente cinematográfico y una vez más, universal. Porque el amor reside
en compartir lo que sea con quien se quiere, en una mirada sostenida y
profunda, en el reconocer al otro sin verlo y que baste con su respiración e
inclusive con un mínimo contacto. Y de forma complementaria vamos a toparnos
con el entorno, con todo lo demás, que servirá para situarnos en contexto y
para fortalecer la relación entre los protagonistas, porque al final hay
peleas, hay celos, hay idas y vueltas, hay vaivenes infinitos producto de las
diferencias entre ambos, algunas producto de un mundo desfasado y explosivo
(Vietnam, ocaso del hipismo, un Hollywood que te desecha al igual que la
economía) y otras devenidas de la condición de amor platónico. Todas estas
cuestiones no harán más que llevar a Alana y Gary a verse corriendo con locura
en busca del otro, para así, encontrarse en esa escena tan increíble que se
remata a la perfección con esa caída. Y es que ahí yace, de nuevo, una de las
tantas virtudes de Licorice Pizza y el retrato de Paul Thomas Anderson
sobre el romance. El entiende que el amor no se trata de la perfección, de una
intensidad de cartón. El amor son esos vaivenes que se sobreponen junto al
otro. Y lo más increíble de esto es que decide finalizar la película en el
momento idóneo, dejando al espectador la posibilidad de dar otro inicio: el de
interpretar que seguirá para sus protagonistas, lo cual será a priori, una
cuestión personal. ¿Seguirán juntos? ¿No lo harán? Eso dependerá de quien vea.
Y en mi opinión, esa es la gran magia que tienen las grandes obras, cuando una
vez finalizado el filme, da lugar al cuestionamiento, a la búsqueda de
respuestas. Respuestas que muchas veces sirven como pie para entenderse a uno
mismo".
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