Retro: "Licorice Pizza: del mundo más desfasado al romance más genuino".

Voy a estar haciendo una compilación de varios análisis o críticas que fui publicando a lo largo de estos años en diferentes medios, quizá con alguna actualización e inclusive con alguna que otra nota al margen, como la que están leyendo en este preciso momento. La realidad es que tampoco tengo mucho para decir de Licorice Pizza que no se haya dicho ya. Pero me encantaría resaltar el momento en que fui a verla. Era el verano de 2022, Rosario ardía (como el mundo) y yo me predispuse a ir al estreno de la película que probablemente más esperaba en mucho mucho tiempo. Había visto solo algunos posters, ni siquiera había leído la sinopsis. Y es que con PTA es un poco así; uno nunca sabe que esperarse, la única certeza es que tenes la garantía de que vas a ver una pedazo de obra maestra. Por lo que entré sin saber de que trataba Licorice Pizza. Gracias a la vida que lo hice. Recuerdo patente lo que sentí corpóreamente en la escena de apertura, en esos primeros 5 minutos de metraje. Ver el paneo de Alana Haim caminando y con una personalidad devenida en una belleza arrolladora mientras suena Nina Simone, las miradas de Gary y el coqueteo entre ambos para automáticamente comenzar a llorar y pensar "Esto va a ser increíble". Y así fue. A día de hoy sigue siendo una de las mejores experiencias cinematográficas que tuve en mi vida. El verano fue atravesado por completo por Licorice Pizza. El escrito es de esa época, 2022, pero no me acuerdo donde pingo se publicó. En fin. Aguante PTA,  Let Me Roll It babeeeeeeee

"Cuando uno se sumerge ante una obra, ya sea de la índole que sea, tiende a moverse hacia la pretensión de abrazarse a algo que se extrapola a su vez a dos cuestiones que podrían considerarse opuestas. Y si hablamos del cine, más aún. Se trata de, por un lado, de aquella búsqueda en la que queremos abrazarnos a algo que nos sumerja en un universo que ayude a distanciarnos un poco de la realidad que nos rodea, algo cada vez más difícil en los tiempos que corren si se tiene en cuenta la gran lluvia de corrección política que trazan gran cantidad de las obras que se estrenan mes a mes. Y en el lado opuesto vemos la otra cuestión, estamos hablando del pararnos frente a una obra con la esperanza de encontrar algo que de antemano estamos buscando, alguna respuesta o alguna pregunta que nos mueva un poco, nos ayude a entender, a ver con otro prisma todo esto a lo que llamamos realidad. Claro está que estamos hablando de extremismos, porque al parecer es cómo funcionan las cosas hoy día. Como si no existiese un balance, como si de antemano los autores debieran cumplir con ciertos cometidos frente a un público que si no se sigue con X mandatos le condenan.

Y ante toda esta vorágine a la que llamamos mundo, aparecen (o se reafirman) autores como Paul Thomas Anderson, quien se regala y a su vez nos regala obras como Licorice Pizza.
Y es que si hablábamos de extremos, de opuestos, Licorice Pizza es la combinación de lo improbable, porque PTA logra un universo en el que conviven una realidad tierna y nostálgica en la que todo ser humano busca sumergirse por un rato con el objetivo de recordar lo que alguna vez fue (o ver lo que puede llegar a ser). Porque en primera instancia y mediante el lenguaje del cine (la historia del cine) el director logra amalgamar esto con el lenguaje más universal que existe: el romance, el enamoramiento, el amor.
Y es que gracias a la historia de Alana (Alana Haim) y Gary (Cooper Hoffman) vamos a chocarnos directamente con distintas realidades que tratarán de entrelazarse de una forma u otra, porque la manera en la que PTA retrata el amor entre estos dos es tan genuina que no necesitará de diálogos, es todo puramente visual, es todo puramente cinematográfico y una vez más, universal. Porque el amor reside en compartir lo que sea con quien se quiere, en una mirada sostenida y profunda, en el reconocer al otro sin verlo y que baste con su respiración e inclusive con un mínimo contacto. Y de forma complementaria vamos a toparnos con el entorno, con todo lo demás, que servirá para situarnos en contexto y para fortalecer la relación entre los protagonistas, porque al final hay peleas, hay celos, hay idas y vueltas, hay vaivenes infinitos producto de las diferencias entre ambos, algunas producto de un mundo desfasado y explosivo (Vietnam, ocaso del hipismo, un Hollywood que te desecha al igual que la economía) y otras devenidas de la condición de amor platónico. Todas estas cuestiones no harán más que llevar a Alana y Gary a verse corriendo con locura en busca del otro, para así, encontrarse en esa escena tan increíble que se remata a la perfección con esa caída. Y es que ahí yace, de nuevo, una de las tantas virtudes de Licorice Pizza y el retrato de Paul Thomas Anderson sobre el romance. El entiende que el amor no se trata de la perfección, de una intensidad de cartón. El amor son esos vaivenes que se sobreponen junto al otro. Y lo más increíble de esto es que decide finalizar la película en el momento idóneo, dejando al espectador la posibilidad de dar otro inicio: el de interpretar que seguirá para sus protagonistas, lo cual será a priori, una cuestión personal. ¿Seguirán juntos? ¿No lo harán? Eso dependerá de quien vea. Y en mi opinión, esa es la gran magia que tienen las grandes obras, cuando una vez finalizado el filme, da lugar al cuestionamiento, a la búsqueda de respuestas. Respuestas que muchas veces sirven como pie para entenderse a uno mismo".

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